Las mujeres, los secretos mejores guardados.
Hablar de
sexo siempre será complicado. No porque el concepto lo sea aunque puede serlo, claro sino más bien, por lo
incómoda que resulta la idea para muchas gentes. Y me refiero a una incomodidad real: esa
de mirar a otra parte, el nudo de la garganta o bien, cambiar de tema.
El sexo es
bueno o nos gusta, nos obsesiona pero pareciera que solo lo es si se mantiene en
secreto, al margen de lo visible. La gran hipocresía de un mundo que vende el sexo como un producto,
pero que sigue sin asumir lo inevitable de lo erótico, lo profundamente
necesario que resulta su mera existencia.
La idea se
complica aún más cuando se piensa en la mujer y el sexo. Después de todo, lo
femenino se traduce en complacer una imagen muy específica: la de una fantasía
masculina o si vamos al otro extremo, el hecho de ser virginal y pura. Entre
ambas cosas, la mujer real no existe. Nadie parece muy cómodo de escuchar en
voz alta términos como "vagina", "clítoris",
"menstruación", "menopausia".
Estamos
programados para asumir que se trata de un secreto vergonzoso. Una especie de
dimensión oculta de la naturaleza de la mujer que es mejor mantener al margen,
disimulado. A puertas cerradas. Aún en la segunda década del siglo XXI hablar
sobre la sexualidad femenina parece estar mal visto. Para buena parte de la
cultura occidental y no digamos la oriental el orgasmo femenino, la apariencia de sus
genitales, incluso los procesos biológicos propios del cuerpo de la mujer, son un tema vergonzoso con los que hay que cargar a puerta
cerrada.
Tal vez por
eso, todas las mujeres tenemos antes o después la sensación que hay algo malo
en nuestra biología. Que debemos luchar contra la percepción que disfrutar del
sexo es algo "pecaminoso" o que menstruar "es repugnante".
Con el insólito pensamiento que un considerable número de mujeres de nuestra
época se avergüenzan de admitir que se masturban, que otras tantas jamás lo han
hecho. Que a pesar de transitar la segunda década del milenio hay una presión
notoria sobre el comportamiento femenino, la forma en cómo una mujer debe lucir
y comportarse. Que todavía hay una obligación invisible de asumir determinado
papel cultural y sobre todo, una visión sobre quienes podemos ser tan
restringida como preocupante.
Todas las
mujeres tenemos antes o después la sensación que hay algo malo en nuestra
biología.
Al final, la
mujer parece ser un rehén de los estereotipos que se crean a su alrededor o
mejor dicho, de la necesidad de encajar a esa feminidad desconocida y compleja
en algún lugar comprensible. Después de todo, durante casi los dos mil años de
historia universal ser mujer era un tipo de dolencia. Una minusvalía que se
debía sufrir e incluso, soslayarse como un defecto doloroso. Algo de eso, aún
sobrevive en el presente. Todavía hiere por la frecuencia en que sale a flote.
No es algo
que me sorprenda, claro. No solo se trata de que las imágenes sexuales y sexualidades
de los cuerpos femeninos sean tan comunes como el aire que respiramos, sino que
todavía resulta incómodo asumir a la mujer como una figura compleja más allá de
ese estereotipo.
Lleva
esfuerzos comprender los pechos hinchados de leche, la mujer que gime de
placer, la imperfección de la desnudez, los vientres hinchados y gotas de
sangre sobre la ropa. Para buena parte de nuestra sociedad, lo femenino tiene
poco o nada que ver con esa percepción natural y primitiva sobre su libertad
biológica y sexual. Al menos la feminidad a la que están acostumbrados, a la
que la cultura hace oda y celebra.
Lleva esfuerzos
comprender los pechos hinchados de leche, la mujer que gime de placer, la
imperfección de la desnudez, los vientres hinchados y gotas de sangre sobre la
ropa.
Es un
concepto complejo de entender. Te lo tropiezas en todas partes, te abruma la
frecuencia con que debes lidiar con sus implicaciones, la forma como te
presiona en cientos de maneras invisibles. La vergüenza por la falda corta, la
incomodidad por reconocer a viva voz que el sexo — y todo lo que
conlleva — forma parte de
nuestra vida. De la palabra
menstruación, que aún ahora sigue resultando para mucha gente una idea
repugnante y vergonzosa. Del menosprecio a la mujer como figura, como símbolo,
como alegoría. Se trata de una lucha secreta, que se libra a diario. Que define
nuevos parámetros acerca de la mujer, que es en resumidas cuentas, una
reflexión sobre la libertad y la independencia moral. Porque de eso se trata,
¿no es así?
Pienso en
eso mientras me miro desnuda al espejo. De vez en cuando, hay un momento para
pensar que somos algo más que una imagen estática de un arquetipo. Y este es el
mío: me siento bella, poderosa, imperfecta. Porque el poder que reside en el
sexo — y todo lo que
implica, el género como puerta abierta al misterio — no empieza en la
piel ni termina en una cama: comienza justo en ese lugar esencial, casi doloroso donde reside la
identidad, nuestra manera de mirar al mundo. Y justamente eso es lo que me hace
sonreír: este pequeño triunfo privado. El derecho de mirarme como una mujer
sexual, a pesar de la tradición que se llevó a cuestas. Una celebración de la
individualidad.

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